martes, 28 de abril de 2009

Bus número 20

Abrió la puerta, esperando encontrarse un rostro conocido, tal vez mustio, pero conocido al menos. Miró el móvil, esperando que al menos la derrota de la noche anterior no le hubiera hecho darse por vencido y aquel rostro hubiera pensado, por una vez, que hubiera hecho en su lugar y en esa concretísima situación. Tardó un poco en reaccionar y respirando profundamente reconoció que no vendría nadie, ni a despedirse, ni a nada. Mientras se duchaba conocía el riesgo de esperar una reacción nunca dicha sobre como comportarse en casos de emergencia y construcción de una pérdida.
Bajó cada uno de los escalones mirando la puerta con nerviosismo y curiosidad, temblando. Con la esperanza de que el bus no se hubiera planteado siquiera llegar. Una vez en el hall, el portero ridículo bajó la cabeza, le confirmó que era aquello el fin de la prueba. Miró alrededor y no encontró tampoco un coche, un conche azul pero conocido al menos. Si vio, sin embargo, que el buzón ya estaba ocupado por otros inquilinos y otras inquilinas ya habían intentado confundidas, abrirlo con sus llaves los días previos al festival. Temprano y extraño para el viento y la lluvia, salio por la puerta blanca por donde había entrado ocho años antes. Tenía frío y sueño en un lugar conocido,demasiado conocido.
Necesitaba caminar con el silencio de un domingo por la mañana mientras las botas, sus botas también conocidas se llenaban de peces, estrellas, algas y mareas. Su cerebro flotaba entre el sueño y alguna dosis que otra de tristeza obviamente conocida.No es casualidad que esa mañana todas las líneas fueran oblícuas, hasta las de su rostro. La parada del bus, las líneas de los asientos, las de las obras del metro y hasta la entrada del hospital. Las pompas de lluvia explotaban irremediablemente en un suelo gris y oblícuo.
Sacó un asqueroso cigarrillo y disertó sobre el silencio del agua para desfiguar la imagen de los tres perros vagabundos merodeando escuálidos frente a la parada del 22. Campus renovado, incomunicado por la noche tanto como siempre,agosto de los taxistas pero conocido, demasiado conocido al menos. Y esperó que un gordo y soñoliento conductor de autobus viniera para arrancarlo de su espera y para colocarlo justo en el lugar conocido del andén número 24. Ese donde nadie suele aparece para despedirlo desde hace al menos cinco cortos años, donde se hablan lenguas extrañas y en cuanto uno sube no hay vuelta atrás, al menos, vuelta conocida.

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