viernes, 1 de mayo de 2009

Invisible

Y se preguntó por qué no hemos de ser nosotros -hombres, dioses, mundo- sueños que alguien sueña, pensamientos que alguien piensa, situados siempre fuera de lo que existe (...)
E. Vila-Matas

Cuando algo quema, te enseñan a soplar. Cuando algo hierve, te enseñan a esperar y sino te enseñan, lo aprendes. Hervía y lo dejé esperando pero me dediqué a resoplar en el balcón bajo unas lentes enormes. Tardé unos minutos en fijarme en aquel bloque rojizo de ladrillo barato. Las cortinas siempre estaban echadas y raras veces, veías alguna ventana abierta. Sentía curiosidad por un piso que siempre tenía unas cortinas sucias amontonadas encima de un sofá aún más sucio y pilladas con las ventanas climalit. Soplé a un detestable Philipp Morris y alguien abrió uno de los ventanales. Majestuoso y horrendo, apareció un espejo rococó de los que hace unos años todas las marujas debían incluir en su salón isabelino, ese que solo se utilizaba en caso de visitas importantes.

Mi café hervía en una taza de forges, hervía por necesidad, por soledad, y no dejaba de resudar dejando un poso en el cristal en la mesita para luego indignar a alguien. Daba igual, solo me importaba fijarme en el dorado y horrendo espejo, su extraña mancha amarilla aparecía y desaparecía como presumida, mostrando la fugacidad de lo que vemos o creemos ver.Traté de encontrarle forma, de imaginarme como sería el cuerpo del ser que andaba dentro y cuya sombra o movimientos reflejaba aquel esperpento deforme. Sin beneficio alguno, tenía la necesidad y la furia de la obligación de averiguar quién o qué andaba en aquel resquicio, qué le daba forma a aquella maldad que pretendía jugar conmigo.

Entendí que la mancha cambiaba de color según la luz. Me apoyé finalmente, en el borde y en la esquina de mi diminuto balcón blanco lleno de flores absurdas. Me apoyé, echando sin decoro el cuerpo hacia delante, guardando el equilibrio. Pero solo veía ahora las cortinas con chorretones flotar en el aire intermedio entre el espejo y yo.

Con un buen dolor en las costillas, cansada de las manchas, cogí de la mesa la taza. Le di un trago al café mientras me imaginaba la vida de quien residia entre aquel desestilo y mugre. Pensé que tal vez era una pareja en crisis, una pareja cansada y vieja como el decorado, quizás tres familias o cuatros de ecuatorianos, bolivianos, etc, hacinados. Pensé que tal vez estaba vacía y de vez en cuando, muy de vez en cuando, se acercaba alguien a pseudo-limpiarla o airearla. Aunque hervía, segí tragando aquel rabioso café. El día necesita fuerza, o en su defecto rabia. !Joder!, alguien con sombrero interrumpió mi pase privilegiado al esperpento con miles de moviles ruidosos, ladridos y papeles que realizar en la administración. La mancha, sin embargo, ya era una forma.

Acabé el café y con él mi tiempo para no hacer nada. De repente me giré como el que espera su última oportunidad, o la última vez que verá a alguien mientras el tiempo los separa sin reaccionar; y entonces la vi. El ridículo espejo rococó habló molesto: Tenía una taza de café hirviendo en la mano, un cigarro asqueroso al que soplaba y la rabia del que aún no tiene fuerza por la mañana.

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