miércoles, 13 de mayo de 2009

Pasillo 3º I

Recuerdo que la primera vez que vino a visitarme yo tenía cuatro años e inventaba todas las mentiras posibles sobre mis padres y enfermedades para que alguien me hiciera caso. Vivía entonces en un pasillo largo, largo, con algunos huecos a los lados que parecían habitaciones y el mío, mi pequeño hueco compartido tenía sillas de mimbre y estaba justo al final del pasillo, justo al lado contrario de la puerta principal. No era nadie. Pero estaba siempre allí al acostarme. No me gustaba oirlo llamar, siempre sabía que era él. De repente, abría los ojos y me encontraba en camisón en el extremo opuesto a sus gritos. Cuadrado, enorme, con un solo ojo, oscuro...amenazaba siempre con alcanzarme para contarme algo, para atraparme y yo corría y corría, y metía la cabeza bajo las sábanas, haciéndome un círculo con las rodillas en mi barbilla. Lo sentía justo detrás, o volando encima de mi, -pasillo adelante- intentando atraparme, y yo sudaba y sudaba tapándome con fuerza, con tal de no descubrir a aquel bicho ni un solo trozo de mi piel.




No lo soportaba. Sonaban las nueve y un nudo en el estómago me hacía llorar poniéndome el pijama. Paso rápido, me pondrían los ganchos para no destaparme para aparecer al día siguiente sin ellos y con sábanas totalmente movidas. Pero, Él seguiría llamando al timbre con su ojo blanco, negro y enorme, seguiría cambiando su voz y seguiría intentando cogerme con ese eco tenebroso cuando yo amenazaba con asomarme al baño azul sin ventana. Baño azul o mi segundo hueco: el de las princesitas con miles de peines y ganchitos de Don algodón para el pelo. Tenía nombre de mujer, pero ella era él.




Empecé a enfermar, a no dormir bien, mejor dicho, a no dormir apenas, o a dormir con miedo porque al menor descuido aparecía allí volando sobre mi, pidiéndome ayuda asustándome. Y yo...yo... No le entendía, nunca hablaba bien, nunca hablaba claro y el dibujo de un ojo se transformaba siempre en una figura negra cambiante, siempre en movimiento, siempre con formas difusas que se acercaban y alejaban y me hacían llorar y llorar, hasta que acudía alguien.




Corría al entrar y salir de mi casa durante el día, sin detenerme apenas estando despierta, ni siquiera, sabiendo que alguien me protegía caminando detrás. Recuerdo que en la salita a veces, veía la imagen de mi abuela viendo la tele mientras mis padres no llegaban de alguna desafortunada reunión con desafortunados políticos. Recuerdo verla con sus manos cruzadas, amenazándome con azotes sino me volvía a meter en la cama antes de que llegaran. Lo curioso es que prefería y quería sus azotes, o quedarme tumbada escondida detrás del sofá, antes que ser castigada con dormirme para seguir huyendo aterrorizada en sueños.




¿Sueño?, el sueño a veces es cruel cuando tienes cinco años y sin saber porque te encuentras sola. Es cruel cuando de día sientes el mismo miedo que de noche al salir por el vaso de agua, y apenas se te ocurre girar la cabeza o mirar de reojo hacia esa línea recta. Es cruel cuando te llama un tambor de detergente y te persigue en pesadillas, amenazándote con un solo ojo porque necesita tu ayuda y a ti solo te causa miedo, miedo, miedo...




Aún hoy cuando paso por la placeta y observo mi primer piso cerrado del tercero, recuerdo sus habitaciones, las palabras que dejé escritas en el yeso de algunas de sus paredes con la intención de volver años después y encontrar retazos de mis ocho años de allí. Recuerdo las calcamonias de los diminutos pegadas en las paredes de la sala de juegos. La terraza desde donde oía la verbena del jardín, donde nos bañábamos en la piscina de plástico con mis vecinos, mis amigos y los amigos de mis vecinos. Sin embargo, miro al balcón y de camino al jardín lo recuerdo.




¿Sueño?, El sueño aún hoy a veces me da miedo. Puede que ahora vuelva a soñar con el mismo tambor que me perseguía en Abreu a los cinco años. ..Pasillo...la vida en este momento también tiene huecos a los lados y sigue siendo para mi un extraño pasillo.


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