jueves, 10 de septiembre de 2009

Let's say

Digamos que me gusta, le gusta, nos gusta desperezarnos en medio de la siesta y notar que el sol entra fuerte por la izquierda oyendo un sonido como si dijeramos de las olas. Digamos que nos gusta asustar a los niños que no saben correr preguntándoles porque sonríen sin motivo. Digamos que no he entendido porque los macarrones nunca se comen con cuchara, ni porque el desayuno con tostadas tuyo me encanta. Aunque tu siempre dices que le pongo demasiada azúcar y mermelada y tal vez ganas...Y una ola me inunda de arena el trozo de orilla que alguien pintó de verde con viento y no le veo la gracia a que quieran denunciar a los que no incumplen y por miedo, se encabriten seres de verde que cumplen con su deber cuando se deber les sale de la bragueta.

Digamos, supongamos que me gusta, nos gusta, le gusta la lluvia...eso es muy curioso porque llegué a este mundo, tal vez llegamos, o llegues como tirando de una cadena cayendome, nos a él, el agua de flash dance en cada punto relevante de esta vida con alma antigua y nadie, como si se dijera, nos había anteriormente conocido, tal vez si, mojados e ineptos, pero en otras aguas.
Digámoslo alto, no sabemos nada de suciedad y hablamos constantemente de ella, aguantamos menos cada año y juzgamos, juzgan, juzgo, más cada día. Pero es curioso porque no dicen demasiado cuando se equivocan, ni cuando pretenden esconder el yogur más rico al fondo del frigo, ni cuando se han olvidado de perdonar. Digamos que hemos aprendido a mirar por la ventana de reojo sin observar la luz, ni las nubes, ni la montaña, ni las cacas de perro que ellos, ella, alguien pretende recoger o plantarlas para dejar las huellas de los que no miran y apenas saben decir que existen. Porque siempre existe una ventana, aunque no la toques, la tienes y miras con ella y eres, somos, son, soy incapaz de hacerla añicos.

Let's say que tienes, tengo un vecino que observa cuando se toma el café como paso las horas buscandolos, o a ti, o más bien tocándome las narices o fumándome un cigarro o enfadándome con el banco santander y yo le saco la lengua y lo insulto y desaparece hasta que me aburro y lo llamo por teléfono y de repente, hemos sido mejores amigos por milésimas. Digamos que él es ella y que no existe.

He de decir que me,le gusta el silencio cuando estoy tumbada boca abajo y tengo/tiene frío y tienen, tenenos ganas de cambiar la tienda de campaña de sitio, como si la teletransportase a otra época donde ya he pasado el examen de mañana, ha conseguido un nuevo trabajo y crecen seres sensibles por debajo de la puerta que hacen morir las facturas y crecer las ensaladillas rusas y ellos solo necesitan irse solos, correr, volver y que les pongas buenos alimentos que todo el mundo, sin intercambios produce, regala y come.

Digamos que quieren cortarle la incredulidad y abrazarme y yo no se o lo intentamos pero no nos ven y no se guian con las manos, ni con el oido, solo con la vista y nos, atravesamos, atraviesan queriendo enseñarnos y como solo vemos, no oimos que están regalándote mil cruceros y noches de hotel y te importa, les importa no uno sino mil bledos. Pero bueno, entonces alguien lee poesia y se va de acampada y viene diciendo que su destino está en un juego que casi nadie entiende y entonces sólo habla borracho pero de vez en cuando aprende a vivir o deja señales en un aparato extraño que aun no comprenden, comprendemos, o debería yo comprenderlo. Pero es feliz y digamos que eso es lo que cuenta.

El olor de la nueva crema, mascarilla o suavizante, con la moca que sobra de la tarta de café, los cojines fríos cuando hace calor y a alguien le duelen los juanetes y los tobillos están enrojecidos, un buen vaso de zumo cerca de San Esteban cuando son nervios los que le avisan que todo es extraño y lleva número de intervención y de repente, yo le pregunto ¿y tu qué sabes? y ya no decimos nada...

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