domingo, 18 de octubre de 2009

Big mouth strikes again...

Cuando los disparates se disparan
uno puede llegar a ser jinete
o adúltero o suicida o copiloto
o académico o santo contraespía.
<>. M. Benedetti.


¡Bárbaros!, ¡Bárbaros!, ¡Estúpidos ingratos que amenazáis con puños lo que teméis en sueños!

Un cuarto de hora, media, dos horas. No podría afirmar el tiempo que quedé extasiado con esa figura picasiana quejica que escupía críticas sin ritmo alguno por una simple cuestión de celos. Empecé a contar los dirham que llevaba en el bolsillo sin hacer demasiado caso a su opinión sobre la cultura y encendí una barita de incienso necesaria para que sus sugerencias no olieran a pescado podrido. Tardé solo cuestión de días en comprobar, que de algún modo, seguía estando poseida por el rencor ancestral. No se callaba. Se reía como el que intenta disimular una abundancia de gases en su organismo. Entraba y salía del salón queriendo complacerse así misma ora peinada, ora fumando, ora echando pestes sobre el jefe, ora maldicendo el hecho de no tener un coche de empresa. Pero era inútil, hablarle lógicamente era como plantearle a un insecto que debe crecer.

Desde que me mudé a aquel sitio tenía la sensación que la gente temía al cambio como el que huye de una medusa en el mediterráneo. Quiere sentir el mar pero desde la perspectiva en la que nada le pique. Quiere bañarse sin sentir demasiado las olas, quiere sumergirse e ignorar que existen algas muertas y algas que producen reacciones en la dermis. Y aquella presencia espía y negativa, como el sol a los folios a través de un cristal, me dejó claro que no debía fiarme de seres adulterados por la frustración. Tenía ciento cincuenta dirhams, algo así como 15 euros en mi mano y quería gastármelo todo, todo, absolutamente todo con tal de respirar un buen silencio en un buen desayuno. No podía sin embargo, perpetrar la huida sin soltarle algún:" ahora vuelvo" con la mayor de las amabilidades que una persona paciente es capaz de expresar a un ser que, se debate entre omitir el saludo de buenos días o soltar un rebuzno para avisar de su presencia desganada.

A mi vuelta, tras bordear la mezquita de Mulai Ismail y comprar un pequeño joyero damasquinado para enviar a Lydia, recapacité intentando encontrar un punto de encuentro con aquella presencia desarraigada, (decía que había nacido en Francia pero confesaba odiar el país con todas sus fuerzas) estúpida e inexacta que rondaba mi mesa de despacho en mi ausencia, sin entender muy bien por qué rompía, tachaba o escribía extraños datos que luego era incapaz de descifrarme. Teníamos que concretar la fecha de embarque según nos había encargado el vicepresidente, preparar las facturas, aplicar los incoterms oportunos, llamar a los propietarios, cancelar reservas y disuadir a otros porteadores sin apenas tiempo y allí permanecía ella, mezclando papeles; éscupiendo lo mal que le trataba la vida a pesar de su gran talento y determinación; y hablando con su novio cada cinco minutos por el teléfono de la empresa. El exito de la tarea era algo digno de ser boicoteado; las pautas correctas -según le escuché decir un día- eran las ideas absurdas de un niñato que creía saberlo todo y al que por supuesto, pensaba "comerse con patatas" o en el tahine.




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