jueves, 29 de octubre de 2009

Lección para algún poeta

Yo poeta decadente,
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente...,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid:
de tanta canallería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo
lo que han dicho que bebía.

Porque ya
una cosa es la poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía...

Grabado, lugar común.
Alma, palabra gastada. Mía...
No sabemos nada.
Todo es conforme y según.
Manuel Machado.



-No soy superticioso-, me dijo masticando el último trozo de pollo.
-Nunca he creido en las historias de miedicas. No, tampoco me he fijado nunca en el número de cacas que he pisado, o en el número de escaleras abiertas que he atravesado y por supuesto, mi mala suerte siempre ha durado más de siete años. Estas cosas simplemente son planas-.

-Sin embargo, si existe algo capaz de tocarme los huevos y de acojonarme a la vez, es un par de asquerosos zapatos sucios-, me aclaró. -Nunca me fio de la gente con zapatos sucios. No hablamos de zapatos caros o baratos, rotos o de tacón, basta que estén sucios. La cuestión es muy clara, (eso me enseñó mi abuelo), si alguien no presta atención a su pies es porque no se fija en el camino que recorre, ergo si nunca descansa, es que nunca se para a reflexionar. Precisión e inseguridad tienen su claro espejo en los zapatos que llevamos o arrastramos, que acompasamos o con los que golpeamos. Cuidate de aquellos mugrientos porque posiblemente hayan ido y vuelto hasta decidir, por motivos cojoneros, pararse a tu lado. Y esto, quita esa cara de tonto, es importante que lo recuerdes, joven piojoso-.

Por mi parte, no hubo pretensión de replica. Escupió pequeños trozos de una de las alitas, sorbió las últimas gotas de su preferido vino barato y se dispuso a brindar por mi nuevo empleo con agua...



No hay comentarios:

Publicar un comentario