domingo, 4 de octubre de 2009

No-time




Quedarme todo el día en casa esperando una llamada es algo que odio con todo el alma. Si estoy sola, me da la sensación de que voy pudriéndome y deshaciéndome, hasta convertirme en un líquido verdoso que es absorbido por la tierra. De mí sólo sobrevive la ropa. Ésta es la sensación que tengo cuando me quedo todo el día en casa esperando una llamada.
H. Murakami


Podrías haberlo explicado y no romper el vaso con tanta ira. Podríamos haberte hecho entender que no quedaban demasiadas alternativas o podriamos simplemente habernos callado la puta boca, pero, casi nadie acierta movido por la urgencia. En cualquier caso, si alguno de nosotros te hubieramos mencionado el tema de la oferta, o del traslado o del cambio de domicilio te hubieramos enfurecido hasta tirarnos platos, libros y cualquier cosa de las que sueles amontonar en tu recibidor. Pero no te hablamos de contratos, ni ofertas ni litigios. Hablamos de hospital. Entonces, es claro que las palabras son una mera antesala de grandes destrozos. Cuando uno pierde la conciencia, recuerda a ráfagas momentos que había censurado de su vida o simplemente momentos que habían pasado desapercibidos. Para cuando quisimos controlarte estabas ya con los ojos vueltos, tirando espuma como un loco e intentando no darte de bruces contra la cristalera nueva.

Es cierto, quiénes eramos nosotros para llevarte unos churros fríos, hablarte del día tan bueno que hacía y recordarte a posteriori que tenías que decidir pronto si los matasanos partían a cachitos lo que te quedaba de ella, o la mantenían postrada por puro amor a la obra contemplativa. No, la espera en un autobus, o en tren a un funeral, no era lo mismo, ni desde luego la espera en correos, la carnicería o en la ducha de la piscina. Con gesto duro y sin ningún reparo, repartiste sordidos cortes de manga para todos y nos entreabriste la puerta de la basura para recordarnos lo que era el tiempo a tu edad, es decir, algo cojonudo cuando tardan una hora en servirte tu chuleta de cordero, mientras pagas con pensión de viejo y te encuentras de bruces con que tu familia espía ciertas transferencias bancarias de tu cuenta sin permiso alguno.

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