lunes, 12 de octubre de 2009

Senza Flash

Sin llama, sin noches de insomnio, sin ardor,
sin lágrimas, sin grandes pasiones, sin convencimiento.
Viviremos así: senza flash.

A. Zagajewski


Perdónelos si fueron bruscos, pero aprendieron tarde el arte de escuchar, crecieron simplemente con la pretensión de hacer bien su trabajo y dormir ocho horas al día. No hablan y, cuando lo hacen, uno siente que hubiera sido mejor no despertar al oso. Lo suyo son las mercancías: saludos y sonrisas responden a un mero mecanismo comercial y no dilatan los tiempos de espera ni dan paso a preguntarles, o a que ellos pregunten por algo personal. No son malos chavales, sepa usted que llevan tiempo descargando botellas y recogiendo cajas sin más descanso que el saludo de algún viejo conocido. Pero no son doctos en casi nada y más bien rudos en casi todo. A mi mujer le preocupan estos modos pues, desde niños, intentamos apuntarlos a cursos de canto, solfeo; incluso al fútbol, pero no había forma de que se interesaran por algo que no fueran nuestras órdenes o mandatos. Planos en travesuras, carecían desde bien pequeños de iniciativa hasta para quejarse y, así, ha seguido hasta hoy. Eso no ha cambiado. Quisimos lo mejor, de veras que lo quisimos... A sus cuarenta años, viven en casa sin mediar palabra, resuelven su vida como relojes y ni siquiera sabemos que piensan al llevarse el café hirviendo a la boca. Cuando comenzó nuestra sospecha, algunos amigos pensaron que eran border, ambos, pero nada, ni con informes pudo darse una respuesta a este extraño modo de vida.

Hace tiempo, su único amigo el Doctor Carrara mantuvo una importante conversación con ellos y salió agotado de nuestra casa, entrevimos cierta impotencia en su rostro y no escuchamos ninguna réplica en tres horas. Ni siquiera la tele logra sacarlos de su escondite. Pasan los días en el camión, vuelven, se acuestan y sólo nos queda el desencanto de haber sido los peores padres del mundo.


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