miércoles, 11 de noviembre de 2009

Falsa Lampedusa

- ¿Cómo?- dijo el señor Brul.
-Con él la cosa no ha funcionado -dijo Wolf-. No hemos dicho más que tonterías.
-Pero ¿y después?- preguntó el Señor Brul-. Se lo ha contado todo a sí mismo, ¿no?, Es lo esencial.
-¿Ah?- dijo Wolf-. Si, bueno. De todas formas, es un número que se podía haber eliminado del plan. Es completamente hueco, no tiene sustancia.
-Esa es la razón- dijo el señor Brul- por lo que le he pedido que fuera a verle a él primero. Para liquidar lo antes posible una cosa que carece por completo de importancia.
-Es cierto, no tiene la menor importancia -dijo Wolf-. Nunca me preocupó (...).
LA HIERBA ROJA. BORIS VIAN



Tal vez tenía rizos y hasta lengua aunque se que era sorda. Muchas veces pasaba a su lado preguntándome hasta que punto era capaz de girar su mirada motivada por el instinto o por una falsa intuición. Y lo peor, por cuanto tiempo sería capaz de mantener una continua contradicción a todos mis argumentos, sin tener si quiera argumentos propios. La conocí bien joven y ya se sabe que el ciego es siempre el rey en el país de los sordos y por tanto, bastaba con dejarnos a todos ciegos y sordos para poder movernos dentro de sus recomendados brazos, despejando para si las pequeñas y grandes amenazas. Bastaba solamente con oir un ring o descubrir una carta jamas recibida para sospechar de sus buenas intenciones, pero tal vez la urgencia de aquella misión era la misma: no tener demasiadas buenas intenciones.

Expectante de una realidad que siempre arroja sus fauces, inspeccioné un poco en el iris de sus ojos mientras mentía y descubrí que sus reacciones no podrían bajo ningún concepto ir a mejor sino, más bien, todo lo contrario. Guardé entonces mis buenos modales, mi paciencia y mi corazón en el armario de los que lo merecen y tras mucho divagar opté, simplemente, por sacar aquellas armas que solo unos cuantos guardamos bajo el hipotálamo.


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