domingo, 1 de noviembre de 2009

Revêil

Hinchado como un globo recuperó un día la capacidad para volar. Notó como sus extremidades se elevaban y su estómago ejercía una presión indescriptible en su tronco. Intentó avisar a sus vecinos pues no tenía familia, pero solo salían bocanadas de aire de su gaganta, mudo quedó colocado en horizontal cerca del techo de su antigua casa. Asustado por su nueva situación, apenas escuchó que alguien abría la puerta principal. Se trataba de Ángela, una mujer entrada en años que acudía a limpiarle una vez por semana. Intentó balancearse, mover sus brazos y empujar hacia la cama donde la noche anterior descansaba y sin embargo, nada. Todo había cambiado de color a su alrededor, nada era rojo o negro, blanco o marrón, todo era gris y a veces sepia, como las fotos antiguas que conservaba en el trastero. Además, todo era deforme y desenfocado, una extraña nieblina rodeaba cada uno de los objetos. Por más que intentaba desplazarse o pegar patadas, no podía mover ni un solo dedo, se veía a si mismo inmóvil, sin peso, sin ayuda. Deseaba que Ángela entrara y le ayudara a bajar pero no podía llamarla ni lanzar nada que pudiera hacerla entrar en el dormitorio.

Al cabo de unas horas, aprendió repentinamente a moverse de un lado a otro de la habitación siempre en horizontal e incluso dio varios golpes a la pared con su cabeza para ver si así alguien se decidía a entrar por si las moscas. No se sentía cansado, ni dolorido, ni molesto, simplemente no se sentía. Deseaba gritar y llorar como los niños, patalear y ponerse recto, pero no había forma. Ni siquiera sabía el tiempo que llevaba así y menos, el tiempo que le quedaba. Decidió que si contaba el número de bultos de gotelé de la pared el tiempo se le pasaría más rápido y la desesperación no se apropiaría de él, así que empezó a inventarse formas que componía la pintura del techo, utilizo los recuerdos para no ceder ante la ansiedad e incluso comenzó a darle forma aun posible relato sobre su situación. Oyó incluso a los vecinos pequeños de arriba jugar y después merendar un chocolate caliente. Se imaginaba el chocolate espeso e humeante, pero no sentía hambre ni tampoco sed y hacía horas que no entraba nada en su estómago.

Cuando había llevado el repaso de los mejores momentos de su vida a la adolescencia, Ángela entró a la habitación y empezó a nombrarlo, primero asustada, luego gritando, luego histérica. Intentó avisarla, llamar su antención, hacerle ver que estaba arriba, pero ella salió disparada de la habitación sin apenas percibir que estaba situado justo encima de su cabeza. De repente, su cuello aprendió a girar y vió desde su perspectiva su escritorio y sus mil papeles desordenados, posteriormente, hizo esfuerzos por girar el tronco y viendo que era inútil se imagino como sería girar el tronco y colocarse bocabajo por lo que sin darse cuenta, su tronco se colocó en dicha posición. Viendo que imaginando podía lograr lo que quería, su siguiente propósito fue ir bajando progresivamente en dirección a la cama, después un poco más, un poco más, un poco más. Se dió cuenta que ya era tarde, sería más de medio dia. Apenas colocado encima de su cama, descubrió que un bulto permanecía bajo las sábanas. Intentó mover la colcha y las sábanas y los cojines de colores que amontonaba en el lado derecho, no podía. Volvió a utilizar sus sueños, su mente, su deseo y consiguió alterar el orden de la ropa de cama. Su sorpresa, era más elevada que la altura de su cuerpo. Nunca hasta entonces, había sentido miedo igual, tormento igual, vacío igual. Deseo profundamente ser uno solo, ser uno con aquel bulto, poder mover brazos y piernas, despertarse y abrazar a aquella pobre mujer que había huido despavorida aparentemente sin razón alguna.

Tras el llanto inexistente, deseó caer, deseó entrar, deseó ser él, deseó despertar con sus ojos y pensar que simplemente aquello no había ocurrido, que había sido un mal sueño o casi una pesadilla y que no tenía sentido sino más bien habría sido el efecto de una mala película de la tele.
Cuando apenas tenía esperanza alguna, cayó golpeando el colchón de su propia cama y rebotando como un bloque de madera sobre una colchoneta. Abrió los ojos, estaba en su propio cuerpo aunque este no respondía. Dió varias órdenes a su cerebro para mover brazos y piernas, incluso ojos y era absurdo, quiso gritar y lo hizo pero no emitía de nuevo sonido alguno. Se veía en medio de la habitación con la mesa del escritorio ahora delante de sus pies, la luz del sol rozándole por la derecha, la puerta de su habitación abierta a la izquierda y ropas tiradas por el suelo. Cerró simbólicamente los ojos y cuando fundido por el sueño fue derrotado, escuchó una puerta que se abría violentamente y unos pasos agitados dentro de su casa. Noto que alguien le tocaba y abrió los ojos.

-Señor Boyle!!, señor Boyle...

Abrió los ojos y agarró a Ángela que lo miraba estupefacta, consiguió apoyarse y sentarme en el borde de la cama. No supo que decir, ni que explicar. Una vez en la cocina, preparó una cafetera nueva bien cargada y se tomó una taza de café, a lo que había renunciado años atrás, luego se puso otra, y luego otra, y otra...No dejó de hacerlo nunca.El sueño no lo inmovilizaría jamás...



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