sábado, 23 de enero de 2010

Princesas de otros



Es duro aguantar el tipo me dijo subiéndose una faja amarillenta y enorme. Tenía una cena especial con un no menos especial repertorio de altos cargos maleducados. La observé largo rato mientras se pintaba los labios al más puro estilo lolita. Aquellos tacones eran demasiado altos para sus tobillos hinchados y demasiado bajos para esconder sus pechos caidos y sin embargo, ahí se mantuvo erguida, fuerte, valiente. No fue a la peluquería aquella tarde, no tenía ganas. Antes de llamar a alguién con voz ronca por teléfono, remató la faena con una máscara negra que dejó unos característicos pelotones en sus pestañas, después se giró, cogió una gabardina roja, eligió cuidadosamente el bolso y me ofreció el último Dun Hill antes de irse. Me miró desde arriba no con arrogancia sino con miedo, lo entendí cuando se cerraron las puertas del ascensor y me quedé mirando aquel tocador extraño lleno de ropa interior, colillas, perfumes a medio gastar y mil fotos de cohocientos años atrás. No tuvo suerte, no, no al menos con sus sueños de princesa.




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