martes, 2 de marzo de 2010

La idiota

(...)Pero en este otro caso, por el contrario, esa última esperanza, que permite que la muerte sea diez veces menos penosa, es eliminada con toda certeza: la sentencia está ahí, y la horrible tortura está en que sabes con certeza que no te escaparás, y no hay en este mundo tortura más grande que ésa. Lleve a un soldado a una batalla, póngale delante de un cañón y dispare, y él seguirá teniendo esperanza; pero si a ese mismo soldado se le lee una sentencia de muerte cierta, se volverá loco o romperá a llorar. ¿Quién dice que la naturaleza humana puede soportar esto sin perder la razón? ¿A qué viene tamaña afrenta, cruel, obscena, innecesaria e inútil? (...)
F. Dostoievski. El Idiota.

Ha estado apunto de escupirte, dices, y no sabes muy bien por qué. Claro, es normal...nadie se soporta así mismo con semejante falta de carisma. Algunos soportan ser altos y torpes, pequeños y estúpidos, palurdos y cobardes, políticos y curas pero nadie soporta de si mismo la obviedad. Hace unos días recibí una carta tuya en lugar de las extensas facturas. Conservas aún la letra retorcida como tus dientes y mientras te imaginaba en tamaña desgracia, derramé intencionadamente un poco de cera a modo de aquelarre para exorcisarte y derretir así uno de mis grandes demonios. Qué fea eres hasta en tu letra!!

Cabrón!!, le gritas, no bastardo que suena a traducción mala del inglés y sin embargo, conservas su papel del water favorito, sus apestosas zapatillas de estar por casa y su mala folla diaria en tu rostro, ese que se arruga por dias. Entre chistes de quinceañera con boca de cuarentona, entre falta de determinación nos inundas a todos con la marea de una falsa modestia tan cutre como la revista Vale y tan cruel como el garrote. Te acostumbraste a mascullar, la verdad nunca te ha sentado bien, tampoco el lazo azul de un euro que te pones a modo de putita de cualquier burdel del siglo XIX.

En otro momento, lo hubieras entendido...quizás en la infancia... Ahora llegas a casa, enciendes la cocina, te ries de tu propia invisibilidad y perfeccionas un vocabulario soez que en grandes ocasiones no puedes disimular, pero no te quejas, eso sí, solo a escondidas, como el ácido que se aprovecha de las grietas para corroer mejor y vomitas con cada migraña que te produce el chulo que te mantiene, al que tu en sueños y en mis cartas llamas cabrón.

...Ya está. Te he roto... Es asombroso ver como lo frágil no dura ni dos segundos ni en mi mente, ni en el camión de la basura que ahora te aleja.

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