sábado, 13 de marzo de 2010

Nadie la tiene

Escribe y fuma cuando bebe en público. No debe estar muy convencido con la novia que tiene, pienso yo, pues siempre que le hablo de ella, se rasca el pelo, se come las uñas y acaba empujando su conversación hacia la cocina donde coge cualquier cosa para llevarse a la boca mientras yo lo miro hacerse una maraña de rabia. Sé que no quiere hablar. Dice que su zozobra es fruto de la vida que lleva y de las prisas, el cansancio que se adueña de él los fines de semana, pero nunca había pasado demasiado tiempo sentado, ni con una nevera tan vacía, ni con tan pocas ganas de hacer viajes, ni con una sola película o revista encima de la mesa. Conoce bien su flojera, sus pantalones descuidados y sus pocas ganas de soñar con las vacaciones. Lleva tiempo pensando en cambiar de trabajo, de barrio, de ciudad y de país,- sueña que lo hará- pero en la práctica, hace tiempo que no hace nada y tampoco se da ya cuenta. Para colmo, no sabe de emergencias: confunde un gracias por llamar, cuando no lo ha hecho, por un gracias por el mensaje del mes pasado. Es atractivo con la misma fuerza que le atraviesa el mal genio, grita cuando es un niño que intenta llamar la atención de una madre que ya no tiene, como tampoco tiene solución que grite.


Ella dicen que es muy lista y tiene estilo para colmo de males. Licenciada en no se por cierto, y con master en no se cuantitos, domina varios idiomas y cae bien aunque admite no esforzarse en esa banalidad. Silenciosa, depende con quién, sonrie cuando elige el grupo hacia el que se dirige y casi siempre sabe más de lo que aparenta, de hecho, prefiere dar la impresión de lo contrario, es más fácil. No sabe siquiera si él la quiere, aunque le resulte cómodo, pero hay algo que sí sabe, está aburrida y desconfia plenamente de él. Cuando era niña sufrió las idas y venidas de faldas de un padre agobiado por el desencanto, entendió pronto cuán frágil es el amor y sospecha que el cariño y la pasión no son razones de peso para aguantar la futilidad. Los vasos se rompen y ella disfruta viendo los pedazos estallar y fragmentarse contra la frialdad del marmol. A menudo los rompe, y la entiendo, simplemente para recordarse que sigue aquí y cuando los rompe, no se mueve... disfruta del momento porque en segundos todo cambia, como la fractura de una palabra, o de las palabras. Disfruta porque los segundos previos a que todo se desmorone y cambie de forma acumulan más belleza que el primer momento en el que alguien averigua por fin quién es.



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