miércoles, 7 de abril de 2010

El que interrogara a poetisas argentinas

Quién quiera que fuese propagó el Tao y citó a Demian, mató mil peones de ajedrez intentando conocer el cielo, cicatrizó con parques sus brotes de agorafobia y pintó de amarillo el cuadro en el que habita. Quién quiera que lo matara, lo resucitó en palabras de pizzeros y de funerales, en bolsillos rotos y en lengua abatida por la influencia de una crisálida, de un padre y de un amor no-nato.
-No pareces...-, comenta al que no miro, -no estoy-, más bien le recuerdo. Y de repente, los cuadros de Escher interrogan la capacidad de un mentiroso que patenta un genio dentro de un café solo con hielo.
De preguntar a un solo ser, mostraría la verguenza de su alterego tumbado en los jardínes al ritmo de los Smiths y entre terapias gestálticas y buda nadaría en un paseo marítimo lleno de conversaciones de madrugada a la espera de un siempre consagrado -te faltó la tercera carta-. En el prólogo de la misma se despista al murciélago que tras el pitido acude a buscar el alimento de su pequeña alma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario