miércoles, 27 de octubre de 2010

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Ni hablaré de maquinillas, ni me subiré a un peñón, de nuevo, para que me hablen de los monos de Gibraltar, esto lo tengo claro. Invisible en estaciones de metro, de autobuses y de trenes en aviones vacios y llenos, en locuras ajenas. Visible en los rasguños de manos resecas, pintadas, quemadas, absurdas. Una fábrica como el mecanismo de un reloj de cuerda, con los tornillos oportunos, todos listos en el engranaje del tiempo y los golpes, debilidad de corazón de acero y manecillas de cristal. Pintura en las mejillas; en el alma mármol, acero, cera, metacrilato. Ni hablaré de muertos ni resucitados, ni Persona en sueco. Poco a poco gotea el veneno y se abre el quirófano. La ciudad está lista para extirpar el tumor. ¿Qué escuchas? Tal vez un idioma mudo o más bien, ignorado. De repente, se abre una ventana sin Gala que observe, sin visceras que devolver o visceralmente desatornillada. Parece ser que seguirá lloviendo y por tanto, seguiremos buscando el tesoro en la nieve tras retorcidas sombras de desconocimiento.

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