miércoles, 6 de octubre de 2010

Razón o no

Mil razones para romper un vaso, llamar a un timbre y comprar naranjas. Mil razones para saltar, gritar y enfadarse. Mil más para cerrar las ventanas o para abrirlas, bajar la basura después de haber comido pescado o para tomar un poco de chocolate aún teniendo migrañas. Existen mil y una para arrancar un póster, romper un cuadro, comprarse plantas o un coche y volver a conducir. 500 razones y algunas más son las que existen para seguir buscando empleo, preocuparse de los gastos y de la felicidad de los que se preocupan por ti más que tu mismo. Más de seiscientas para no dejar de leer antes de dormir, de escuchar música de la que nos gusta sin que los recuerdos la estropeen y para ver aquellas pelis que un día te encantaron y estaban en el exhilio. Cien y doscientas y puede que trescientas para no dejar de llamar por teléfono a los que emigraron o simplemente se cansaron de sus casas, de sus estudios y de la manía de tener que hacer la cama todos los días o de tener que comer y cenar a las mismas horas de simpre sentados en el mismo lugar de jamás. Llegamos a 50 razones por las que escribir y dejar de quejarse y por supuesto, para no leer la Razón y a veces el Mundo; por las que buscar hoteles para ir a conferencias de creativos aburridos con camisas de cuadros, gafas gordas y pitillos farloperos. Bajamos a treinta y encontramos sacos de cosas por los que visitar Italia, comer helados y amanecer en Dinamarca idealizando una mochila con risas y bocadillos cutres en medio de Madrid. 1o razones y 2o para estar sanos y buscar excusas para andar rápido, para comer coles y no huir a Sebastopol por gente frustrada, para amar y ser amados, para abrigar esperanzas y dar los guantazos oportunos al tiempo, la distancia y a los imbéciles. Pero, sólo, sólo, solo una razón para que llegue ese día...




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