viernes, 26 de noviembre de 2010

Un café cualquiera




(...) Recordaba el hun­dir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hom­bro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él per­dió de vista los cuernos y dió dos vueltas encima de ellos an­tes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuer­nos sin perder la serenidad. (...)"
Los asesinos (fragmento), de Hombres sin mujeres.
Ernest Hemingway.

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