lunes, 7 de febrero de 2011

Time of my life

Cuando llegué la partida había comenzado. Tres barajas estaban sobre la mesa con letras verdes e inscripciones en latín. Cada una de ellas representaba un juego y un tiempo: presente, pasado y futuro. La ronda se había ya iniciado con la primera baraja y no había llegado a tiempo para la ronda de prueba.
Me senté a la izquierda del jugador más antiguo en esa casa de juegos. Un ser enigmático, sin duda, como todos los que se cubren la cara de madrugada para amanecer vulgares junto a seres más vulgares todavía al amanecer.
Mi inicio, desgraciadamente, fue el propio de un jugador sin estrategia. No es de extrañar que perdiera más cartas de las recomendadas en los primeros momentos del juego. Una vez repartieron la segunda baraja, lo tuve claro: me había quedado en blanco, descubierto, había olvidado las reglas y no podía abrir la boca. Conforme avanzó la partida y fuimos llegando a la mitad de la manga, casi todos los señores de negro de la sala y por ende mis adversarios, se habían ido retirado oportunamente sin desperdiciar gran parte de su presente. Y yo, diminuto aprendiz, permanecía frente al señor enigmático sin comprender la gravedad de mi apuesta.
Perdí..., como era previsible, pues había enseñado todas mis cartas. Aunque al menos, fui de los últimos en retirarme. Es difícil ser bueno cuando ni siquiera se sabe a qué coño se está jugando. Al menos, tuve la sabiduría necesaria para pagar mi deuda, cerrar la puerta y no arriesgarme en la tercera baraja, ¿quién podría hacerlo?. Me fuí como los gatos en la noche, por los tejados, maldiciendo a aquellos que me arrojaron al juego sin enseñarme lo básico. Sin embargo, antes de escapar del humo de aquella buhardilla, miré fijamente las cartas que quedaban por jugar, analicé cada uno de sus contornos y me prometí que volvería para ganar la ronda "futura". Aprendería latín si así hacía falta y reservaría la mejor mesa para cuando estuviera brillantemente preparado.





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