lunes, 14 de marzo de 2011

Esperando en la fila de la izquierda

Cuando las colas forman parte de un cuarto de tu vida o quizás más tienes tiempo para analizar ciertos asuntos aunque sea por trozos. Media hora en la cola del banco, media hora en correos, media hora en el médico, media hora en reprografía, media hora en el probador, media hora en la ventanilla única; a lo largo de muchas medias horas se han configurado gran parte de las resoluciones más importantes de nuestras semanas y de nuestra pequeña historia sin que nos dieramos cuenta: El cómo, dónde y a qué hora prepararé la comida familiar del domingo, el qué y de qué forma llegar a tiempo al regalo para Manuela; el dónde y a quién más invitar para la celebración del niño; el cómo entregar un trabajo en sólo medio día; el qué vestido me pongo para este evento y qué narices digo para el discurso; el cómo llegar a tiempo a esa boda que tienes en León teniendo que currar y estando en la otra punta de España; el cómo ver a tus amigos para unas cañas, ir al videoculub y a la biblioteca en solo dos horas teniendo que prepararte la cena también al mismo tiempo; el cómo decirle al señor del segundo que no te ponga a Carlos Cano al máximo volumen un martes a las nueve de la mañana; o simplemente, cómo decirles a las personas que tenemos cerca que nos han molestado; que las echamos de menos sin ser frívolos o aburridos.
Así es como gran parte de nuestras dudas se resuelven, como nos atendemos y escuchamos como únicos interlocutores mientras nos cagamos en la madre de los trabajadores del INEM cuando se dedican a charlar entre ellos para retrasar darle al botón del siguiente turno; cuando entre cigarro y cigarro mataríamos al tío del autobús que los días de lluvia en lugar de llegar temprano llega más tarde todavía; o cuando querríamos sin duda retirar a las personas pelmas que les da por realizar devoluciones en la caja del Día cuando está comenzando a llover a cántaros en la calle y no llevas ningún paraguas.
Esperando en la fila de la izquierda me he dado cuenta que pocas veces pensamos en nosotros sino es porque algo más fuerte que nuestras prisas nos detiene, -tiempo forzoso de bucear en lo nuestro-, porque nos interrumpe y nos hace pararnos sin decidirlo y además nos cabrea, nos deja solos con lo que acallamos y ahí no hay escapatoria. Seguro que hay mil cosas capaces de distraernos, y gente con la que charlar mientras tanto del tiempo o de las banalidades que nos rodean, pero cuando estas circunstancias no se dan, tenemos el serio problema de escuchar todo aquello que sentimos y que raras veces escuchamos.

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