domingo, 10 de abril de 2011

La memoria

Sin memoria no somos nadie, no hacemos nada, no podemos vivir. Olvidamos porque nos interesa, porque nos resulta más fácil aparcar ciertos momentos, porque pesan los hechos y las palabras. Recordamos para encontrarnos, para caminar entre siglos y meses y tener presente lo que hemos venido a hacer; para concretar el futuro con las pistas que trazamos o que otros marcaron para nosotros. La memoria, la temporal, la periférica, la real, la inventada, la sentida, la corta. Esa memoria que vuelve, abraza, castiga y preocupa; que enseña y arrastra; que es imprescindible para el cambio. La raíz de la consciencia, la raíz de las raices.


Esa raíz que puede tener nombre de lugar y de montes, de sierras y ramblas, de hombres y mujeres por las que hoy existimos, que levantaron otras raices que hoy nos dan norte y comida y preocupaciones y alegrías. Raíz que grita y golpea cuando no se está cerca, que escuece cuando huimos, que llora cuando no queremos volver. La memoria de tierra con nombre de ciudad y complejo de pueblo. Una memoria que se esconde como los topos, cómo la peste en una tierra que hoy reconozco extraña, -pasiva y adormecida, crítica en los hogares y muda en las administraciones- para encontrarla a borbotones, torpe en fiestas y borracha de intenciones.


Lugar de valientes que grita sin que le escuchen, que puede dar mucho más pero nadie se lo solicita. Lugar fronterizo, marquesado de poder que otrora supiera bien proteger lo suyo. Frontera de agallas que hoy sólo se preservan en su vino, su pera y su queso sin cuestionarse si quiera por qué al mando sólo quedan capitanes cobardes, generales sin formación, ejercitos traidores, trovadores locos junto con la gran pena de los jóvenes emigrados y los sabios enviados al exhilio.


Lo cierto es que sin memoria no somos nadie, no hacemos nada, no podemos vivir. Es inútil intentar avanzar sin la raíz de la consciencia, la raíz de las raices.





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