sábado, 14 de mayo de 2011

L'Hôpital Deux

Los pasillos tienen algo extraño -como su mirada bajo las canas y la bata blanca-, demasiado largos y delgados. Entre el verde y los azulejos, también su reflejo, impreso en los ojos de las puertas 101 y 116. Compró una botella de agua en la maquina y apoyó el brazo y su cabeza sobre la columna de la derecha, justo al lado de la entrada para familiares. Tragó entre las 13 y las 13:01 horas hasta la última gota de una botella de agua de 1,5 l sin hacer ruido alguno, sin recibir el cambio, con el nerviosismo de un sordo ante una explosión. No lo conocen demasiado, habla bajo, como susurrando, y prolonga intencionadamente los silencios al dirigirse a sus pacientes que entre fiebre y fiebre se atreven a describirlo como ese rostro que los visita a deshoras. Marca sus pasos con una espalda recta como la de una muralla de dos metros, sin embargo, sus giros bruscos y su enfado al mirarlo fíjamente me llevan a pensar que aún sigue buscando la oficina de administración y que a ratos, cuando las enfermeras lo atraviesan y lo empujan con sus carritos de curas o con sus sueros numerados, no es consciente de cuál es hoy su quirófano.



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