sábado, 14 de mayo de 2011

L'Hôpital Un

Más de diez años fueron suficientes. Recibí una carta en el buzón que no leí hasta pasadas dos semanas. De repente, me ví conduciendo hacia una puerta verde con números iguales. Abrí la puerta sin saber para qué. Más verde que las paredes estaba él, tumbado y con los ojos cerrados. No sabía si mantenerme de pie en la puerta, observando desde la distancia, o irme directamente a tomarme una tila a la cafetería. El olor del edificio ya había recorrido mi cuerpo y mis recuerdos. Me llamó sin abrir si quiera los ojos, sabía que había llegado sólo con mi respiración. Me acerqué, con la prudencia del que quiere huir de allí en cualquier fracción de segundo. Levantó la mano como pretendiendo que yo la cogiera y no sabía si quiera si realmente quería tocarlo, si quería algún tipo de contacto con el dolor. Aún así me senté a su lado, escuchando a las enfermeras que hablaban de la pleuritis del paciente de la izquierda, miré los aparatos hasta fijarme en su boca reseca y en su barba descuidada. Intentó pronunciar mi nombre dos veces seguidas pero la tos se lo impidió. Miré las sábanas arrugadas, el gotero y las vías varias veces cambiadas en su brazo izquierdo amoratado. No quería hablar, yo no. Quería congelar el tiempo y el espacio, imaginarme una playa, un sol de julio, un cigarro muriendo sobre la arena. Una foto, cualquiera. Pero estaba allí después de diez años a petición de uno de mis verdugos y ni siquiera sabía si quería.
Al rato, abrió los ojos, uno tras otro, la mirada era ya gris. Hizo ademán de acariciar mi cara y no me moví por educación, probablemente. Aún así ya no lo conocía. Pero había ido a buscar algo que me pertenecía. Supuse que escribió la carta dadas las circunstancias, el hecho de que ni siquiera pudiera utlizar ya su MaC, que no pudiera sorber agua con espesante, que sus manos no tuvieran ya que ver con aquellas que dijeron tanto sobre el amor y la traición, pudieron con mis mil argumentos para hundirlo en aquella cáma incómoda de ruedas, ya lo estaba. Una lágrima corrió por mi mejilla derecha, otra tras otra por la izquierda y mi boca se acercó para besar su frente sudorosa. Me cogió la mano intentando pronunciar un per, perd, perdo, que no finalizó. Me quedé allí durante toda la noche. No pensé, me quedé en el mismo sillón durante todo el tiempo, nos mirábamos, de vez en cuando le quité el sudor y le ayudé a vaciar la sonda. Al salir del hospital todo había empezado.

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