miércoles, 17 de agosto de 2011

Erat Hora

Fotos: P.J.H
(...) Las mariposas emparejadas ya amarillean en el agosto
sobre la hierba del jardín del oeste;
me duelen. Me hago vieja. (...)
Ezra Pound
La mujer del mercader del río: una carta.

Lo esperaba como tantas otras tardes en la misma esquina con nombre de reina, lo esperaba entre periódicos, con las últimas flores para la cocina o con la bolsa de la compra repleta de naranjas para el zumo. Como siempre, él ya habría corrido su media maratón, ella habría entregado algunas traducciones. Nunca dejaba de llover o nunca lo hizo pero con el café del bar más oscuro del barrio nada importaban los pies mojados o no tener guantes al nevar. Con el paso de los años los cabellos largos dieron paso a cabellos más cortos, a la barba y a las canas, el deseo a los domingos y las medicinas cada tres días. La frescura de las cañas de los viernes al té de los sábados.  Puede que las sirenas de policía nunca pasasen a la misma hora pero siempre anochecía temprano y así debía ser. Lo esperaba entre risas y algunas falsas broncas, entre mensajes de textos en dos idiomas. Lo esperaba en mitad de la frontera que nunca existió. Esperaba sus decisiones en el paso de peatones, en los charcos y en el supermercado mientras explicaba extrañas teorías sobre la educación. Lo esperaba entre catedrales, signos de puntuación y metamorfósis incompletas. Dicen que el siempre llegaba tarde porque le encantaba mirar sus ojos de falso enfado y ella, lo esperaba porque él nunca supo, ni sintió, qué era  marcharse.


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