martes, 16 de agosto de 2011

Tambor

Este texto tiene siete años, en el momento que lo redacté apenas si escribía...hace unos años tenía sentido...curiosamente, ahora, después de tantos años tiene el mismo sentido que cuando lo escribí... somos tan cíclicos que a veces duele... Como pequeño homenaje a la persona que lo hizo posible, aquí lo dejo y le pido perdón por si aún no le gusta...o por si nunca llega a gustarle...aunque probablemente ya lo haya olvidado.

Un tambor retumba y suena entre los dedos de un niño que acaricia el precioso regalo de un sentimiento. La ilusión revosa por cada uno de sus poros y se deja suavemente esparcir entre los dedos. Poco a poco, el niño aprende a tocar con más fuerza, cada vez mejor y sintiendo que crece y progresa a la velocidad de su entusiasmo. Los palillos palpitan como si de gotas de lluvia en una fuente se tratase, son fuertes, jovenes y tienen la vitalidad y el amor suficiente para querer estar rozando a su querido tambor... La sangre del niño vibra, piensa, se entusiasma y se emociona...

Un día, inevitable, el niño crece y se llena de tiempos por cubrir, razones que atender y sentimientos que controlar, como la belleza de una gran pintura debe ser resguardada, así es su corazón, sin embargo, el pobre tambor no entiende de seguridad, paciencia y conocimiento; como tampoco entiende de actividad y evolución frente al desgaste de sus compañeros palillos, que le abren las puertas en otro universo mientras se despiden silenciosos.

Los ojos de su dueño que los miraban fijamente, a penas responden dos segundos a la insistente mirada de la piel desgastada y marrón que les reclama. La paciencia, el juego, el cansancio, tal vez, las nuevas ilusiones permiten el paso al siguiente salón de juegos o a la guitarra que diferente muestra un nuevo sonido con el que saciar las nuevas emociones de aquel dueño que cobró años pero, no será lo mismo, los instantes se fracturan de manera maleducada, así como los sentimientos con el mismo corte ensangrentado casi nunca coinciden...la piel de ese amable y enérgico tambor, se entristece y se arruga como la soledad cruza sus brazos alrededor de sus tobillos.

Llegado un determinado momento, los palillos ya sucios por el cansancio se acercan al tambor a consolarlo, pero saben que si se acercan demasiado lo despertarán e iluso, se movera con la inistencia de un vendaval en pos de la vida anterior...y al moverse caería de esa oscura estantería donde se resguarda intentando su felicidad o cayendo al suelo más frio y solitario y probablemente haciéndose pedazos. Más se arriesga y ante la soledad del golpe permanece allí inmovil, inconsciente, mudo, evadido de las críticas que convertían sus melodias en ruidos y distorsión...temblando y resonando por igual, por segundos...

Al despertar, una luz lo ciega y decide no volver a mirar. Una nueva sonrisa de niña lo acurruca entre su cuerpo, lo acaricia con sus dedos y alimenta en él de nuevo el vigor, la ilusión ,las sensaciones, la fragilidad y los horizontes...a su vez, los palillos que le saludan no son los mismos: más jóvenes y valientes se acercan incrédulos al que ha de ser su compañero disfrutando de esa sencillez q sólo el roce permite. Y así, de improviso la niña aprovecha las baquetas hasta la última de sus astillas dando paso a un único redoble con melodía extraña de boda.


1 comentario: