martes, 13 de septiembre de 2011

Como febrero en alta... ¿fidelidad?

Pánico porque en el fondo sabe que no hay llavero, ni llave, ni contraseña y entrar o salir es cuestión de mover los pies hacia delante o hacia la puerta de la izquierda que siempre permanece abierta y son abrazos fáciles y predecibles. Pánico porque ha de sentir sin la cabeza; sentir rabia y amor e indiferencia y pena aunque nunca un fracaso si agotó la verdad y las fuerzas; asumir que no hay mayor tirano que el que se siente débil. Pero no es malo caminar a oscuras y  tropezar y golpearse y mostrar que no tenemos el cutis perfecto de no lastimarnos y de sufrir meses de insomnio y de cincuenta cajetillas de tabaco del más barato; no es malo si el pánico un día desaparece y la puerta de la izquierda acaba siendo tapiada y huyendo las gotas de sus lagrimales y las hostias de sus recuerdos como el negro de los pulmones. El vacío es una etapa de la guerra en la que la estrategia es darse cuenta de lo que se esconde tras la lógica de la supervivencia y de desmontar con vistas todas y cada una de las paranoias y mentiras: sangre, dolor y canciones de música.



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