viernes, 9 de septiembre de 2011

Mujeres de...

Miriam Luciel sale -como cada fin de semana que la ocasión de la empresa lo requiere - buscando el vestido perfecto para la boda de uno de sus colegas o jefes, sino hubiera sido la boda, hubiera sido cualquier evento de domingo, bautizo o comida de las amigas de la facultad, donde es necesario demostrar que uno no es nadie sin un buen fondo de armario. No es una chica convencional pues ella lo controla todo al milímetro, hasta las ondas de su flequillo. Toma como siempre la gran via como núcleo de asalto, tras la infusión de te verde y la barrita de mueslie en el bolso, pero entrará sin duda en las boutiques de la calle Barroso con un buen antiojeras y las píldoras de la belleza entre sus jugos gástricos. No fuma, hacerlo sólo puede envejecerle e incrementar su celulitis pero si el polvo lo merece podría crear la pose al estilo Hepburn. No tiene pareja y si que le importa pero, siempre piensa que no ha llegado su momento. A sus treinta y ocho años cree en la existencia de un ser perfecto que la salvará a caballo declarándole su amor abrupto, eterno e incondicional. Cree tanto en ello como en el hecho de que el bronceado de las peluquerías baratas no puede producirle ningún daño en su piel y además, -cuando ya es anaranjado- es perfecto para sus enigmáticos ojos verdes. Sus andares podrían ser similares a los de un zanco caminando sobre el empedrado de una calle antigua en el desfile de carnaval, -no puede bajarse de los tacones pero, desconoce el concepto de la elegancia caminando-. La feminidad no es algo que deba ser entrenado. Cuando haya gastado el cincuenta por ciento de su sueldo y sobrepasado los minutos de su tarifa plana, llegará a esa casa con el frigorífico vacío y el estómago aún más, pedirá comida china y arreglará las últimas revistas de decoración que permanecen aún en la mesita de su comedor con los plásticos del envío aún sin abrir. Cualquier empresa de las que se dedica a crear los entornos de decoración de las revistas que tanto le gustan hubiera podido utilizar su estudio para un número, sin embargo, la frialdad del hogar también hubiera quedado patente como en las cocinas de ikea. La libreria del comedor tampoco es escasa pero los libros de tapa dura parecen demasiado nuevos o demasiado previsibles. Ha visto los mensajes del café de las cinco y sólo tendrá una hora y media para recomponerse y sonreir a la clase de personas que esperan en el TinTin los sábados por la noche dejando las inmensas propinas de quién no sabe cómo llegar a fin de mes aparentando. Manhattan -piensa- puede encontrarse también en cualquier capital de provincia con sueldos mileuristas, bastante menos glamur y un poquito de más mala leche en la madrugada.


1 comentario:

  1. Creo que sé de quién hablas, la reconocí enseguida en el Ikea de Alcorcón, una entre tantas que visten tan diferente y son tan iguales, con ése look estudiado para destacarse sin destacar demasiado. Como todas, me miró de soslayo antes de que yo la hubiera visto, y cuando por fin la vi fue capaz de interpretar mi mirada sin necesitar para ello encontrarse con mis ojos, lo entendí en su manera de moverse. Un mujerón, pensé. Impresionante, pero es demasiado. Yo sólo quiero una mujer. Cuando terminé de reponer la máquina de cocacola había visto otras cien mujeres como ella, únicas, admirables, cien idénticas promesas para la misma sensación de siempre, la de vivir.

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