viernes, 14 de octubre de 2011

Me llamo Rojo, Paz 30

(...)Si el viajero que se sentaba junto a la ventana no hubiera estado tan cansado del viaje y hubiera prestado un poco más de atención a los enormes copos que descendían del cielo como plumas, quizá hubiera podido sentir la fuerte tormenta de nieve que se acercaba y quizá, comprendiendo desde el principio que había iniciado un viaje que cambiaría toda su vida, habría podido volver atrás. Pero volver atrás era algo que ni se le pasaba por la cabeza en ese momento (...).
Orhan Pamuk. Nieve.





El edificio era rojizo en su esencia más alta y más profunda. La piedra, dueña de muros y losetas casi tanto como el moho de las escaleras. Agujeros afilados entre escalones fueron un día hurgados con los dedos de los pequeños. Habían pasado más de cincuenta años para preservar un orgullo tan rígido como pobre y seguir apilando las botellas en la cava secreta y el embutido en la diminuta despensa entre galletas con mantequilla y chocolate puro. Arcones y medicinas, ropa de plancha y betún afirmaban la decoración de la sala de los trastos al fondo del patio a la izquierda. En casa de ateos almanaque de vírgenes. Sólamente dos plantas: una sóla de habitaciones. La cocina, pequeña y blanca con encendedor rojo recreaba los desayunos de Eco y noticieros en la radio con tisana de cantueso y risa aguda de dientes separados. Existía en aquel momento el gusto extraño de esconder los dulces o los caramelos de menta en el segundo cajón del mueble azul cercano a los quemadores. Tenían vecinos con muros decorados de otro tipo de pinturas y materiales pero no eran menos altos y si menos altivos que aquel inmueble de roja piedra. Al toque de queda de Todos los santos almuerzan eran preparados los domingos los arroces de campo o de primavera y el estraperlo de antaño, las bocinas de la guerra, el hambre agotador, los poemas en pena y el recuerdo de la tuberculosis eran sólo algunas de las sombras de la salita con olivetti verde y libros prohibidos en los diminutos estantes de madera. A diario, no había dinero para el periódico o tal vez no habían ganas. Durante años la imagen fueron los baños de calor en el barreño de la pila negra, las risas delirantes continuadas por toses aplacadas con manos de gota y cardiopatías en las entrañas. El pasillo de piedra blanca aparecía plagado en fiestas y navidades de  juguetes diminutos de madera: zompos, trenes, ballones y de incluso, caballos de cartón. La comida decían "es algo con lo que no se juega, y "las huchas crecen solas mientras los duendecillos roncan y duermen la siesta". Camas reconfortantes con ventanas de madera fueron mantenidas con la holgura del que no aparenta, ni siquiera lo intenta. Paz roja, paz 30.


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