domingo, 6 de noviembre de 2011

I Have the will


Fotos P.J.H


Gira Victoria y el horizonte se curva, no son más que ocho años. Pas de deux y la luz se eleva al fondo, como una presencia espectral, malva, gigante, más terrorífica que la tormenta de una noche de diciembre entre infidelidades de papá y transilium de mamá.  Ronds de jambes en l’air y las olas son sus brazos en la marea de la noche; sus dedos extendidos marcan la rigidez de una prematura soledad. El compañero aparece en mitad del waltz y desliza su presencia hasta transformar su figura en ruptura, avivando las sombras, el ruido y a ratos la soberbia de un cuello que prefiere volar. Los cuerpos diminutos se buscan y se expulsan, se lanzan y se acurrucan como dos cachorros bajo la furia y el pánico. Victoria es ahora tiras de celofán que vagan en el espacio. Papá y mamá se sientan tarde, los busca, quizá no están. Desde la butaca, un espectador mira en oblicuo entre las piernas del arabesque y se evade y sonríe, el horizonte huye, sus pensamientos también. La niña se estira y crece, se balancea y tiembla y todo es un peón, o una marioneta o el cisne herido. La luna, el sol o la plaza ya no son de tela pero sigue sola en mitad de los actos. Cuando el adagio es controlado por la textura de una luz azul sin filtro, todo el decorado se mueve, gritándole a la pubertad que no ha de llegar, que no se acerque. El brazo cambia, se expande, llora en el cambré con la elipsis perfecta de un abandono o de un secuestro para su cuerpo diminuto. Victoria no entiende de crisis o de dulces…La Coda final es el salto hacia el hemiciclo o hacia la autovía pues ya no quedan papá y mamá.



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