martes, 24 de enero de 2012

Ser un monstruo

A las diez y media suena el despertador tardío y salta herido de la cama. Intenta poner recta la espalda fracturada y se mira las manos, moradas. Treinta minutos después el espejo de la habitación despierta el derrame de sus ojos y el dolor de cabeza permanente en la treintena y se pregunta qué luna o qué hora hizo despertar aquel instinto genético brutal. Recoge un poco el cuarto, con suerte los cristales de la cocina y vuelve al sillón. Las rodillas se le doblan solas y respira profundamente, escuchando atentamente los pitidos de sus pulmones, mirando al techo. Dicen que hubiera contado mil historias de cientos de formas diferentes y sin ninguna falta de ortografía o de entonación, hubiera reído con estridencia y hasta se hubiera animado a bailar con vosotras, mironas, de no haber aparecido ella. También sabemos que habría podido ser rey, alto diplomático y galán de Hollywood. En el pequeño estudio se agolpan cientos de novelas, todas con anotaciones y algunas plumas; varios premios en el cajón y cajas con revistas que apenas habrá ya leído. Ahora llama por teléfono, no es a la ambulancia, pues se curará él mismo las rodillas y rompe algunas invitaciones a eventos políticos y literarios. Cada tres horas envía un mensaje, algunos en blanco, y se cubre con la manta del salón, tiene ciertas cadenas desparramadas por la casa y le duele la mandíbula. En los próximos días será alimentado por la comida a domicilio y por las películas de bajo contenido moral. Promete recuperarse cuando desaparezca el sol, entonces le crecerán las alas y las garras y dejará de levitar. Acudirá de nuevo al encuentro, el hechizo o la hipnosis es fuerte, a pesar de que intente alimentarse de otras. Una bruja siempre fue una bruja.




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