jueves, 1 de marzo de 2012

(...)Dejando en el recibidor los chanclos, y sin quitarse el largo y pesado abrigo, pasó al gabinete. Allí se sentó en el sillón de la mesa escritorio y, antes de tomar la pluma, permaneció pensativo cosa de tres minutos, cubiréndose los ojos con la mano, como para preservarse del sol, exactamente igual que hacía su hijo cuando no se hallaba de buen humor(...).
Relato de un desconocido. Cuentos imprescindibles de Anton Chéjov.

Durante cuatro días espero que llegase a la estación con la eterna maleta de cuero arañada y el sombrero de paño que un día se comprase en la vía Augustine. Llegaban telegramas indicando un cierto retraso que no no dejaban de avivar el entusiasmo del invitado por reencontrarse con Sergeiv. Compró algunos cigarrillos finos, al acabarse el tabaco de su pipa, recorrió la prensa internacional y dormitó en algunos hoteles poco recomendables cercanos a la estación para no perder ni un sólo segundo con el Doctor. Había por fin, finalizado la obra y no portaba ni una sola pluma para no deshacer lo que mil veces antes ya había rasgado. El barrio de Kusteinzvorz poseía el encanto de lo desposeido: llegadas y partidas fugaces, eternos inquilinos muertos de hambre, maletas perdidas, guardias dormidos o inexistentes y muchos edificios grises hogar de ratas y escondite de contrabandistas. Todo aquello fue gradualmente grabándose en la mirada cansada del joven escritor mientras esperaba con café y café el tren definitivo y miraba sus zapatos enlodados y sus bajos mojados reflejados en los charcos de las vías. Las conversaciones de alrededor: rápidas y concretas contenían la esencia de muchos tipos de amor o de soledad; Sin apenas notarlo, fue acumulando trozos de otras vidas, en forma de objetos, abandonados sobre los bancos de madera de la estación y alrededores.

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