domingo, 10 de junio de 2012

Musicarte-Musiteca

A propósito de la Exposición de E. Hopper que va a comenzar en Madrid y relacionándolo un poco con la vuelta de mi interés hacia el mundo del cine, del espectáculo y del teatro, he recordado la importancia del Jazz en casi todos los aspectos del instinto creativo. No existe -en la etapa moderna- apenas disciplina artística que no mezcle de algún modo estos sonidos con los momentos de expresión y seguramente de inspiración entre mucho humo y noche, muchas noches en copas de whiskey. El conocimiento del Jazz o su técnica no fue siempre una pose, -aunque hoy vista en algunos pseudo-intelectuales de pacotilla lo parezca- sino que es un instrumento capaz de despertar la emoción de lo que podría cobrar forma hasta derivar en algo totalmente distinto más allá, incluso, de la intención y no me refiero únicamente a la música o al mismo concierto de Jazz.

Precisamente, esta relación o simbiosis con la creación, es algo que fue mostrado ayer en el Teatro Góngora de Córdoba donde, partiendo de tres pequeñas historias-partituras guionizadas -e interpretadas por los estudiantes de la escuela de arte dramático junto a bailarines de la escuela de danza y alumnos del conservatorio de música-, se revelaba esa necesidad del músico y por ende del artista -también de Jazz en algunos tramos- como forma de vida. El proyecto bajo el nombre de MUSITECA ha sido dirigido, con mucho esfuerzo, por Inés Sánchez Benito y mostró la evolución de ese necesidad de definirse a través de la música: la relación público-artista, las frustraciones y miedos de los mismos y finalmente, la necesidad de reconocerse a través de la propia creación más allá del reconocimiento externo. 

No entiendo de música. Entiendo que me gusta el Jazz y que sin buscarlo, cuando lo he tenido cerca -casi  siempre de madrugada- he acabado escribiendo, sin importar si en mi caso el resultado era bueno o malo o si tenía un examen al día siguiente. La complejidad es al mismo nivel que la sencillez una variable que ha de ser bien interpretada y susceptible de poderse modificar. Ahora toca descubir qué somos capaces de componer y hasta donde tenemos capacidad de escuchar-nos, sentir el ritmo y entrar en contacto con lo que esa música nos deja de legado y podemos transformar en otras obras, ámbitos o facetas de nuestra vida. Es timing también... En la oscuridad de la última fila, yo y mi parte más muda nos emocionamos, porque aunque yo no sea saxofonista, ni músico, aún conservo la capacidad de conectar con otros lenguajes y por encima de ello, conservo la curiosidad infantil de aprender de todo, especialmente de lo que me hace vibrar...por eso, aquellos que tengan alma de artista deberían encontrarse con esta pequeña gran obra.






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