martes, 3 de julio de 2012

Kalme

Me gustaría decirle a ese niño que pasa por mi calle a toda prisa que no corra, que total lo van a esperar igual, que quizás ha de entregar un trabajo, comprar una barra de pan, jugar un partido de fútbol o alcanzar el autobús pero que nada es definitivo, que nada es único e inamovible, que no pasa un sólo tren en esta vida para llegar al mismo destino, que son cuentos chinos; que hay que saber medir el ritmo del corazón y de los pasos con el ritmo de lo que puede y necesita dar, que precipitarse deja la extraña sensación de anular la culpa pero la culpa no desaparece si no se entiende la calma o la pérdida y que por tanto, cinco minutos pueden mantener constante el equilibrio de la rutina, del deber, de lo lógico pero que tal vez, cuando pierda el bus, no llegue al partido, no compre el pan y se vea inmerso en el cambio comprenderá por fin quién es.

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