viernes, 24 de agosto de 2012

Por la página 1

Cuando me senté a su lado apenas quiso mirarme. Sacó el cuadernillo que llevaba en el bolsillo de la camisa y lo puso sobre la mesa. Después me pidió que tomara nota y que no hablase hasta que hubiera acabado de dictarme. Comenzó diciendo que habían dos tipos de ventanas y que él no era partidario de las ventanas cuadradas. Levanté la vista desconcertada y me miró con intención de lanzarme el café hirviendo en el rostro asique no dije nada; con mi caligrafía más ilegible que de costumbre, escribí sin atender demasiado a sus explicaciones. Tras las ventanas vinieron los dos tipos de lámparas y los dos tipos de bolsas para la compra. Yo me pedí otro café pero esta vez con hielo, quedaban solo tres páginas para finalizar el pequeño cuaderno y aún así hube de continuar con la labor automática que me había sido impuesta. Al finalizar el cuaderno, antes de colocar el bolígrafo sobre la mesa de madera, lo miré directamente. Tardó varios segundos en decirme nada, segundos excesivamente largos lo suficiente para entender que la escritura en esa mesa para mí no había finalizado y que cualquier palabra a partir de ahora debía de brotar de mis dedos y ni mucho menos de mi lengua.

 

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