jueves, 6 de septiembre de 2012

Conversación invisible

(...) En un cuarto extraño, para dormir, tienes que vaciarte. Y antes de vaciarte para dormir, ¿qué eres? Y cuando te vacías para dormir, no eres. Y cuando estás lleno de sueño, nunca fuiste. No sé lo que soy. No se si soy yo o no lo soy.(...)
Mientras agonizo. William Faulkner.



Hoy duermo a su lado y tengo miedo. Estuve escuchando una entrevista en la que Paul Auster hablaba del miedo y entendí mejor lo necesario que es a veces sentirlo, y sentirlo en las personas principalmente, por el hecho de desaparecer en la página, en la vida, en la historia, como si en la desaparición misma hubiéramos centrado la configuración de la vida, de la imagen de los seres de alrededor, como si se tratase además de un hecho irremediablemente certero, precisamente, para reflejar la invisibilidad de lo que nos mueve y conmueve y que nos impide continuar si no es de este o nuestro propio modo. Al igual que se pierden ciertos personajes, o que se nos escapan ciertas negociaciones en las páginas con el silencio de un sabio omnipresente, es necesario asociar la pérdida a la discapacidad entendiendo esta como la imposibilidad de dar un solo uso autónomo y autosuficiente del ser que no sabe que es el pulso o el instinto. En esa ausencia de esencia coral donde el personaje crece y comienza a sentirse y a temblar ante el medio, ante la desaparición y la incógnita, ese vacío al sentirnos justamente incompletos, comienza la mirada transparente del despertar; del que quiere por fin desperezarse y no sabe nada y su boca y su cuerpo se rinden ante los movimientos automáticos. Perder, la pérdida, ganar, las ganancias…todos estos conceptos que para mi se entienden sólo en la contraposición, en la falta de, en la ausencia de cuando y cuánto podemos decir hemos tenido, de haberlo podido contar y palpar en el alma, en los dedos, en el estado de ánimo; esa benevolencia que pensamos es innata y propia porque sí son el previo paso al miedo, a esa palpitación que nos muestra quiénes o cómo somos cuando no estamos listos para casi nada y sólo lloramos como el niño que pide ayuda. Duermo a su lado y tengo miedo, aunque no duermo porque escribo y temo que la pérdida me haga un ser invisible o me haga darme cuenta de que he perdido a muchos invisibles en el trayecto que han dado pie a mi actual discapacidad para, todo hay que decirlo, perder el miedo.






No hay comentarios:

Publicar un comentario