jueves, 6 de septiembre de 2012

Correo


Ella quiso contarle una historia sobre una joven que se enamoró de él. Quiso hablarle de lo que el tiempo es capaz de hacer con la esperanza y también con la desgana para concluir que lo verdaderamente laborioso es no desenamorarse y heroicamente mantener por encima de todo la salud. Le escribió su idea de futuro -en dos cartas distintas sin mucho ritmo: una graciosa (que no lo era), una profunda (que tampoco)-, y las envió al buzón teniendo en cuenta las inclemencias del tiempo. Esperó paciente cualquier garabato con su nombre y apellido, discutiendo sobre lo mismo o sobre la imposibilidad de discutir para ponerse de acuerdo, y ante el silencio y el ruido, empezó a diluir toda euforia en infusiones de menta y debates del pensamiento lógico y banquetes de plantón. Digamos que el amor siempre era una locura y nunca una cuestión de educación pero todo esto no podía ser explicado en una tercera carta…
 
 

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