jueves, 6 de septiembre de 2012

Yo hago el prólogo y las acotaciones


Cuando me pidió que escribiese algunas frases para su libro pensé que se trataba de una broma, una absoluta y concienzuda broma sobre ser considerado suficientemente bueno para poner tu nombre y apellido junto a cerca de trescientas páginas que has sido incapaz de escribir pero si has creado y han sido relatadas por sus manos y su tiempo... Esas trescientas o puede que quinientas páginas que has llegado a trabajar a su lado, esas quinientas páginas donde seguramente le diste forma a un personaje con menos genio y mejor forma física que tú, un personaje fundamental para la conclusión a la que tu pareja ha llegado sobre la vida, la esencia, lo fundamental de lo que somos mientras que, con sumo cuidado, le sirves el café, el zumo y las malditas tostadas. Paso a paso, has dejado entre párrafos gran parte de tu vida y de tus sueños, algunos viajes inconclusos por ponencias o por falta de saldo y muchas banalidades en honor a la cultura o a la falta de ella. Es decir, que te planteas como añadir o por qué añadir algunas de tus frases cotidianas disfrazando a un genio o a un hombre intermedio disfrazado de genio; para sonreír más tarde para la foto de tal o cual revista o del periódico que engordará momentáneamente su ego y su conversación y las páginas de una dictadura de la mediocridad y vuestro salón. Sobre la media noche te sentarás en el escritorio o junto a su cama con los ojos bien abiertos e intentarás que tu mente vuele por encima de los impuestos, las vacunas, las revisiones médicas y la incertidumbre de la visita de tus vecinos, repasarás la vieja biblioteca de tus sueños, mirarás con melancolía algunos de tus escritos –los mismos que hoy te parecen horrendos- y decidirás con que autor o con cuáles deberás abrir su prólogo o concluir tus acotaciones al interior de su magnífico trabajo de tres años en el que tus labores diarias, tu trabajo en la residencia y tus viajes a los organismos públicos no tendrán cabida por razones obvias de no interesar absolutamente a nadie. Me pidió que fuese yo y no otra ni otro de sus amantes –a los que yo pretendía ignorar o no conocer-, quién dejara retazos de “lo que pudo ser en mis manos” en su obra –digamos que por puro afecto-, suponiendo que no fuese por el sentimiento de culpa de haberme exprimido cuando aún sabía de literatura y de escribir relatos o de, dejándome desarmada ante hacienda, haber tenido la valentía de dejar el antiguo trabajo y enfrentarse a la hoja en blanco sin reparos ni tarjeta de crédito. Para eso ya estaban las mías, mi rutinario trabajo y mi miedo al riesgo y por encima de todo ello mi aplomo y mi amor incondicional por él, un él casi siempre sin mí.

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