sábado, 10 de noviembre de 2012

Time-lapse


Cada vez que subía la cuesta, cansada, allí estaba ella, con sus manos gruesas y su pequeño cuerpo encogido vestido con una gran sonrisa y una toquilla de lana. Día tras día, la cuesta no importaba pero si su abrazo y su calor. Cuando hubo desaparecido, pintó la pared donde ella siempre la esperaba para levantar la frente y volver a sonreír.
 
 
P.J.H
 
 
 
 

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