viernes, 19 de julio de 2013

De seguir

Al subir diariamente por la cuesta no siempre somos conscientes de que lo es, estamos tan acostumbrados... No hay tiempo para mirar bien o para pensar en los gemelos. No queda mucho tiempo para soñar o para pensar en lo que no decimos. Al ejercitar los brazos y las piernas el cerebro y otros músculos pueden estar en otras cosas y nosotros sólo caminamos porque hay objetivos que cumplir. Pero a veces, cuando hace calor, bebemos agua en mitad de la cuesta y al mirar en todas las direcciones todo parece distinto, pensamos un poco en la vista, en el ruido y la gente de alrededor, imaginamos como serían los detalles del puente, de la calle, del que cruza al lado, imaginamos como sería no subir por la cuesta con tanta frecuencia. Al beber las últimas gotas de la botella, pensamos que quizá ni siquiera conocíamos tan bien la ruta aunque pudiéramos ya subirla con los ojos vendados. Si la ruta se hizo en coche y a velocidad, al cambiar la marcha,  las dificultades son otras y el motor empieza a hacer ruidos extraños, el conductor empieza a desconfiar de que en algún momento el coche se pare...o de que haya cogido ya el punto óptimo para subir sin dañar. Hay que llevar cuidado con las señales que aún no están en la ruta pero es difícil imaginar aún cuáles son las que habitan en las mentes de los agentes de tráfico. 





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