martes, 16 de julio de 2013

Se llama desigualdad

Mirar desde arriba y escuchar lo mismo, no comprender que hay gestos y caras que tienen un duende, un alma especial, unos ojos con pestañas que no todo el mundo puede tener, ni siquiera ha visto. Aprender desde abajo arriba, a fuerza de huir, de replantearse la llegada a fin de mes y las oportunidades, arrancar lo importante de las manos y hacer creer que lo que de veras cuenta es lo que espera tras el futuro, que ni siquiera es una estrategia sino un circuito de spa como el que se vende en el folleto del resort que no ha llegado a finalizarse mientras la inversión ha quedado por el camino, en quién sabe qué manos. Oportunismo de lo inoportuno cuando al hablar más lenguas que nadie, la matemática no da la suma standar para alcanzar el top set que se espera de las ciencias exactas o del hecho de ser una gran persona o una personita con gran educación que se echa en falta pero que, evidentemente no mueve el motor económico de una gran potencia maleducada hasta la espina dorsal y sucia, sucia como el sistema de injusticias que engorda cuentas bancarias.
 
 

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