sábado, 9 de noviembre de 2013

Able

Llegó tarde, llegamos tarde pero no llovía. Nos sentamos enfrente, sobre la roca, en silencio. No abrimos la mochila, ni sacamos la cuerda, ni nos dijimos las cuatro cosas que ambos teníamos pendiente. Nos sentamos justo delante del hueco, delante de ese abismo que había en la ruta. Hacía demasiado viento y estábamos tan alto que nos concentrábamos en el equilibrio, en escuchar su ruido y en mitigar el impacto al chocar contra nuestros abrigos. Se fue el sol y no tardaría en irse la luna, y seguíamos allí mitad congelados observando el hueco, esperando quizá lograr ver la erosión, entender el cambio, ser capaces de constatar que algo podía limarse y con suerte allanar el camino para pasar al otro lado...El hueco debía desaparecer y los expertos nos habían dicho que era cuestión de tiempo, después de tantas consultas era en lo único en lo que se ponían de acuerdo...Tras unos años, mi acompañante se levantó -sin mediar palabra- y se marchó. Yo me quedé firme en mi posición, no tuve la oportunidad de decirle adiós pues mis labios estaban ya demasiado resecos así que, en mi mente inventé una bonita despedida. Yo me quedé, esperando y esperando con la confianza del creyente en milagros. Con la esperanza de ver el hueco menguar, de ver que podría desaparecer esa fractura.


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