miércoles, 8 de enero de 2014

Tunante

No lo mencioné, se me pasó con las prisas de solucionar cierto tipo de tristeza revuelta en mi mochila. Lo encontré en el metro de Porto, justo en la parada de Marques intentando comprar mi billete de vuelta camino del aeropuerto. Como siempre que uno lleva prisa, la máquina no funcionaba y no habían muchos sitios alrededor donde obtener cambio. Para colmo de males, tampoco había apenas gente. Intentó explicarme en inglés lo que yo ya sabía -y que bien hubiera entendido en portugués- sobre como recargar la tarjeta andante. Apestaba a alcohol y no llevaba la pinta más adecuada para pasar desapercibido a pleno sol y a la una y media de la tarde. Aún así, me hizo seguirlo al bar más cercano con la excusa de cambiar el dinero con un café bueno para mis nervios y mejor para su resaca. Conseguí mi cambio y de rebote, a un singular compañero de viaje. Me habló de los sitios en los que había vivido y sobre el próximo concierto al que pensaba asistir en Londres en Julio. Yo le hablé casi todo el rato en inglés hasta que por fin me cansé de tomarle el pelo y comencé a hablarle en español, fue entonces cuando me dedicó su mejor carcajada de fumador cansado. Creo que su guitarra sabía demasiado y aunque siempre he detestado a los tunos, admito que su manera de dirigirse a mi -junto con todas las pegatinas de la funda de su guitarra- lograron desconcertarme bastante. Todo él fue un brillante desorden en si mismo para un soleado domingo por la tarde; un desorden de risas que sabía de buena comida en Porto siendo de Lisboa y que, lucía unos simpáticos hoyuelos bajo los ojos enrojecidos y las canas de los treinta y tantos. Por amor, me dijo, vivía ya allí durante al menos siete años, por amor a todo llegaba a casa más bien tarde. Hablamos de la enseñanza en secundaria, deduje que también era profesor y obviamente, tunante; y de la situación actual de nuestros países que también obviamente se encontraban y se encuentran en una prolongada y decadente resaca... Me preguntó demasiadas cosas y era divertido, también muy inteligente. Yo solo le mentí al principio -no como siempre- y después nos despedimos. No había nada como llegar a casa siempre y cuando su mujer quisiera ya abrirle la puerta, dijo. Obviamente, no se refería a la mujer que le había acogido en el centro con guitarra y uniforme de tuno la pasada noche...


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