domingo, 16 de marzo de 2014

Existe la muerte. Ya lo había oído pero la diferencia es que ahora lo sé. El otro día mientras preparaba el trabajo del jueves, me dolía el brazo derecho y corría de un pasillo para el otro, lo entendí todo. Gastamos mucho tiempo en no tener tiempo y mucho dinero en intentar no preocuparnos por no tener tiempo; pero el tiempo es lo único que en realidad tenemos y no sabemos cuánto llevamos puesto en cada bolsa... Me paré en el aseo, a mirarme en el espejo mientras me lavaba las manos y en cierto modo, no me reconocí. Como todos soy frágilmente vulnerable, tengo fecha de caducidad y la desconozco. Me paré en mis pupilas un rato, tengo pupilas que no paran de moverse, -eso me dijeron los médicos de urgencias, mientras yo lloraba esperando algún tratamiento y los residentes jugaban con ellas-. Al volver a la oficina dos semanas después, abrí la botella de agua, tragué la pastilla con lentitud, sintiendo el agua desplazarse por mi garganta, y me fijé en las ramas del árbol que sonríe casa mañana por la ventana. Soy mayor: esa es la realidad; también es una realidad que seguimos siendo los mismos incautos en una carcasa que se desgasta; otra realidad es que llega el día en el que nos damos cuenta y empezamos a tener miedo, bastante miedo... porque si hemos vivido quizás ha sido tan rápido que no lo hemos visto; y la realidad es que la muerte empieza a seguirnos puerta a puerta, lenta, pero sabe lo que hace y nosotros la mayoría de las veces no...Desconozco su cara -probablemente sea la mía- pero ya nos hemos rozado. 

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