domingo, 1 de junio de 2014

Historia

No es muy común mirar por la ventana y no tener prisa, tampoco cerrarla y estar pensando sólo en todo el tiempo del mundo. Mientras preparaba el bowl de cereales y recogía algunas cosas en la cocina, Din pensó en la noche de antes, en todos aquellos diálogos sobre los nuevos cómics de la editorial y de la edición de los e-books de autores noveles. Había repasado en lo que iba de año una docena de ellos y aunque no podía definir un estilo propio si que tenía muy claro que habían miles de elementos comunes en aquella nueva generación a caballo entre los recortes constitucionales y el desempleo. Podía leer entre lineas cada una de las verdaderas historias de decepción y esperanza que se desprendían título tras título, toda una generación de inexpertos expertos motivados para hacer las maletas y destino final cualquier capital europea. Él, por el contrario, había tenido suerte -si a la suerte se le llama estancarse en un trabajo cómodo para pagar el alquiler- pero había tenido suerte porque leía, escribía aunque fueran reseñas para otros y de vez en cuando, aún le quedaba algo de tiempo para acudir al cine con descuentos o a la filmoteca cuando las sesiones no comenzaban antes de las siete de la tarde. Mirando a través del balcón, observando las ramas de aquel árbol amarillo de la casa de enfrente moverse lenta y torpemente de un lado a otro de la calle, analizó la flexibilidad de los meses, la fuerza del viento y de las estaciones para movernos o intentar hacernos cambiar de idea y posición. Era todo un espectáculo lento de la fragilidad y la resiliencia, ese concepto tan de moda y aparentemente tan necesario en la conocida inteligencia emocional del siglo XXI, un siglo, por circunstancias, bastante poco visceral.