sábado, 11 de julio de 2015

Friars Quay

Hay una estatua en la fachada por la que paso todos los sábados, nunca la vi pero parece leer un libro y desde abajo, parece caerse al suelo a la vez. De repente la cara de piedra negra del lector se gira y le doy las buenas tardes. Hay también un hierro en la puerta para sujetar al caballo que alguna vez otra de las dueñas tuvo, en esa pequeña calle llena de antigüedades que solo hoy tuve la suerte de descubrir, perdida entre la luz de las empresas imobiliarias y no hablo solo de mi. Un juego de estrategia antiguo sobrevive entre el polvo del escaparate. Me tropiezo, dos veces, miro el empedrado medieval y los árboles de la pequeña plaza cuando cae la tarde, por fin es verano. Llego al río donde quiero vivir mientras parece tranquilo, abriría corriendo el numero 20a pero me detengo en el jardín de la entrada: con su rampa y todo para el barco que no tengo, es como vivir retirada en medio de todo. Levanto de nuevo la vista, un hombre me sigue con la mirada en el balcón, sabe por que he llegado y no me lo perdona, pero lo cierto es que por fin encontré mi casa y no pienso moverme, mañana subiré a quitarle su café y tal vez la calma. 

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