viernes, 29 de enero de 2016

El tiempo del ángulo ciego


Nos sentamos en la primera fila porque no reservamos y apenas queda sitio. Nos sentamos de una forma que podemos mirar en oblicuo la pantalla. Empiezan los anuncios y me entran muchas ganas de volver con más frecuencia a esos sillones, porque cada vez pasa más tiempo entre una película y otra, y sufro el visionado de muchos cortos aburridos y cotidianos entre medias, más de los que desearía. 

Empieza la película y aunque muy cansada, tal como me encuentro últimamente, mis ojos se sorprenden y me engancha la cámara, vuelvo a ver las pelícuas como los trozos de composición que aprendí en su momento. No se explicarlo muy bien porque muchas de las cosas que me conmueven o me emocionan se quedan atrapadas en mi garganta y no se transforman en sonidos o en explicaciones. Es ahí cuando sé que algo me toca porque, siendo alguien como yo, me quedo muda. Veo colores y veo planos que me gustan y un tanto lo absurdo de esa belleza rara que creo sólo saben mostrar bien los autores europeos y que en diálogos con gestos y con trozos de atrezo tienen un único sentido. Es un tipo de narración peculiar pero a mi, me gusta. Veo de nuevo unas tomas y unos angulos que echaba de menos, me sorprende que me guste la lentitud.

La música me engancha desde el segundo uno...está perfectamente insertada y cargada de sentido, apoyando en todo momento los planos y el sentido de la película. Los actores, solemnes.

Me gustan los tonos y me sorprende la cantidad de primeros planos y de planos de ojos y de linealidad y cadena de montaje en líneas robóticas y de líneas mecánicas de producción o envejecimiento. Me sorprende el rojo y el verde y el negro y el blanco. La elegancia y la deficiencia. Es un film para digerir lentamente, cargado de simbolismo que no siempre entiendo pero que me entusiasma. 

Me gusta, este cine otra vez me gusta.